Hace unos días atrás me quedé dormida mientras viajaba en subte. Durante el lapso de 3 minutos reviví, bajo la forma de sueños, recuerdos de mis días con Ian, mi hermano yogui en Mysore. Pero no reviví nuestras conversaciones profundas sobre la vida y el porvenir. No reviví las conversaciones sobre la muerte de un amigo, o sobre el aceptarse a uno mismo triste frente a la pérdida. Tampoco reviví con él nuestras charlas sobre mis objetivos personales o sobre mi decisión de dejar Mysore.

Los recuerdos que vinieron a mi mente fueron los instantes cotidianos. Ese momento en el que uno de los dos probaría primero el agua de coco mientras el otro esperaría la respuesta: “Está desabrido” – diría yo, con cara de desaprobación.

Los instantes que vinieron a mi mente no fueron los de los grandes logros, no fueron las largas conversaciones ni los insights que vivimos juntos. Fueron los instantes cotidianos, las situaciones corrientes.

Y al despertar de mi sueño, me encontré inundada de emociones suaves, llena de una alegría sencilla.

Sentada en el subte entendí que los momentos cotidianos eran tan perfectos como los instantes trascendentes.

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