En verdad es un tema de ellos, y esta es difícil.

Voy a contarles tres historias separadas en tiempo y espacio pero íntimamente conectadas entre sí, sobre cómo la vida me llevó a aprender a cultivar un estado interior que fuera independiente de las circunstancias externas. Continúo practicando y aprendiendo con resultados variables, así que lejos de poder alegar cualquier pericia en la materia, lo comparto más como un recordatorio personal, con el anhelo de que pueda servir a alguien más.

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Hace muchos años tuve un sueño. En este sueño alguien me decía que unos hisopos, o no sé que pavada, le pertenecían a él. Alegaba que los había comprado, y que al mismo tiempo pensaba compartirlos. Me llamó mezquina por no querer compartirlos con él. Entonces yo me engancho en esta discusión y comienzo a decirle que esos hisopos eran míos de hecho, y le explico dónde y cuándo los había comprado. Ante esta evidencia, mi interlocutor responde que él no estaba hablando de “esos” hisopos sino de otros. Este argumento, tan débil y al mismo tiempo tan difícil de rebatir, me generó más impotencia aún. Enojada, deseé que fuera un mal sueño, y aunque era bastante vívido, desperté. Al abrir los ojos, las simbólicas palabras «Aprendé a cerrar la puerta» resonaban dentro de mí.

Se dice que ningún esfuerzo se pierde, y es cierto. La suma acumulada de esfuerzos y pequeñas victorias dieron su fruto un día casual, en un contexto enteramente trivial.

Entré a comprar algo a una tienda. Fue hace mucho tiempo, cuando todavía podías comprar algo con $10 y tenías que esperar el vuelto. No recuerdo bien qué compré, pero lo que sí recuerdo es que pagué con $10. El dueño de la tienda no disimuló su enojo por estar quitándole el cambio, y con palabras pasivo-agresivas me lo hizo saber. Yo me disculpé explicándole que no era mala voluntad, que sinceramente no tenía cambio. Me fui de la tienda con un sabor amargo. Yo no había tenido mala intención ni había querido aprovecharme. Caminé dos pasos y de repente entendí. A pesar de que ese hombre estaba enojado conmigo, yo no tenía nada contra él. Ese hombre estaba resentido contra cosas en su vida que tal vez fueron injustas o que tal vez no pudo manejar mejor. Como consecuencia de esto, expelía esos sentimientos de resentimiento y enojo con cada exhalación. Y entendí que estaba en mi poder el tomarlos o no. Comprendí que esta situación era una metáfora de la vida; que cientos de situaciones quedaban ejemplificadas en ese instante en la tienda. Y la pregunta que le siguió fue obvia: “Si yo no tenía nada contra él, iba a enojarme sólo porque él se había ofendido conmigo?”

A partir de ese momento, ya no fue tan fácil infundirme enojo o malestar ajeno.

Varios años más tarde, me encontraba sentada en un hall de meditación escuchando una de las famosas “Dhamma Talks” o “Conferencias sobre el Dhamma” de Goenka, durante mi retiro de vipassana en Katmandú:

Se cuenta que un día el Buda se encontraba caminando por una aldea, cuando de repente un hombre joven, muy enojado y rudo, se le acercó y comenzó a dispensarle un rosario de improperios. Buda no se inmutó, y en cambio le preguntó: “Decime, si comprás un regalo para alguien y esa persona no lo acepta, ¿a quién pertenece el regalo?” El hombre, un poco descolocado, respondió: “Si la persona no lo acepta, el regalo sigue siendo mío.” El Buda sonrió. “Correcto”, dijo. Y añadió: “Lo mismo ocurre con tu enojo. Si te enojas conmigo pero no lográs hacerme sentir insultado, el enojo se queda en tus manos. Sólo estás arruinando tu felicidad, no la mía. Te estás lastimando a vos mismo.”

Sentada y en silencio, entendí que todas estas historias estaban conectadas, que ningún esfuerzo por aprender se pierde, y que mis pies habían transitado el sendero budista más de una vez.

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