Me siento como si estuviera frente a una bahía en calma, acá en mi hogar. Es una mañana de otoño y el sol entra por una ventana, iluminándolo todo de a poco. No hice mi práctica esta vez. Me quedé en la cama unos momentos más, disfrutando de la libertad interior de saber que ni siquiera mi disciplina era condicionante.

“Qué querés?” me preguntó una noche el francés, bajo el cielo de India. “Quiero ser lo más libre posible” respondí yo. Y lo miré de repente, en un intento por explicarle lo que quería decir. No hizo falta. “Lo entiendo perfectamente”, me dijo.

Pero esta libertad que añoro en lo profundo para mi vida, no es como la libertad del trotamundos. Es la libertad de poder elegir cómo vas a vivir cada día de tu vida, sin estar condicionado por las influencias culturales, gregarias o educativas. Sin estar condicionado siquiera por vos mismo.

Un tiempo atrás, lo ponía en estas palabras:

Mysore, 11 de diciembre de 2014.

Parto en unas horas para las playas del sur y dejo todo otra vez. A veces, la libertad no es otra cosa más que darse a uno mismo la oportunidad de elegir. Es paradójico. Vine a la India para entender lo que la libertad significa, y descubro que la libertad radica en cómo uno se piensa a sí mismo. Se me ocurre que la imposibilidad para cambiar la forma de pensar es autoimpuesta. Si uno es capaz de soltar las decisiones que tomó alguna vez y que ya no son para uno, entonces se es interiormente libre.

He descubierto que cada uno lleva consigo un diccionario personal. Que cada uno tiene su propia definición de Dios, del Amor, del Bien y del Mal.

Qué es entonces la libertad para vos?

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