Bajé del ascensor y me dirigí hacia la puerta mientras buscaba las llaves. El aroma a incienso y palo santo me dio la bienvenida a casa antes de que hubiera entrado. Llevé instintivamente mi frente sobre la puerta, y en silencio, di las gracias.

Esta imagen mía, rezando con la frente apoyada en la pared posterior de un templo en el sur de India(*), me acompañó todo el día de hoy. No entendía bien por qué, pero durante las horas de trabajo esta imagen se me hacía presente ya fuera que trabajara en silencio, hablara con alguna compañera o cambiara la yerba del mate.

Los pensamientos de hoy fueron como una continua plegaria, y cuando supe que estamos en la Luna llena de Mayo(**) comprendí la razón y deseé en lo profundo del corazón que todos los seres sean felices.

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(*) Para comprender mejor el contexto, remitirse al capítulo La Diosa del Cambio

(**) Se cree que en una Luna llena de Mayo, Gautama Buda alcanzó la iluminación. Se dice que el sufrimiento cesó en el mundo unos breves instantes, que la esperanza retornó a los corazones desesperados, y la enfermedad abandonó el lecho de los desahuciados.

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